Oh.

No hay nada.

Ni el encuentro que aturde el alma.

Ni la mirada que dilata la pupila.

Ni las visitas que diluyen el espacio.

No hay nadie.

Ni unas manos aunque imperfectas acaricien la imperfección de otras manos.

Ni el silencio que antecede al beso.

Ni el vapor que precede al espejo empañado.

No hay emoción.

Ni un latido que precipite la sangre hacia las venas.

Ni el amor que vence a la soledad.

Ni la sobriedad que se rinde al vino.

No hay nada, ni vacío.

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La sanidad mental, un anticuerpo confuso

Desde que he ido a terapia, y me siento y considero una persona sana, estable y feliz ha ocurrido algo que no esperaba: no le atraigo a nadie en lo más mínimo; sí, me refiero en plan pareja, pero también en plan amigos, en plan colegas, en plan lo que sea.

El tópico de la soledad se me ha aparecido tan efervescentemente como se ha aparecido la condición de estar solo en mí vida. Una mierda total. El meollo del asunto es que la paradoja de la salud encuentra un impasse cuando de la soledad se trata, cuando esta se convierte en mórbida, porque por naturaleza, claro, somos gregarios. Se pretende no odiar la soledad de lo que implica estarlo, porque se está sano, porque no se necesita a otro, porque… porque al final la compañía es siempre deseable, aunque esta sea en pequeñas cuotas.

 

Mnemotecnia amorosa

Te he estado extrañando, y no me había percatado.

Había estado buscando unas manos que entrelazadas encajasen con las mías, obviando que tus bordes y los extremos de tus dedos son las llaves de los cerrojos entre mis dedos.

Había estado buscando una sonrisa, evitando la razón de que mí mano busca acariciar con profundidad tu boca, solo tu boca. Y que por ende es la que busco y no otra.

Había estado buscando la pasión de lo que implica compartir mí vida y mí corazón con alguien, desplazando la verdad, de que la pasión tiene que ver contigo y no con alguien más.

Había estado buscando un apellido que junto al mío, sonase a familia. Y recordé que el tuyo por más disonante es el que habría querido. Hoy y quizás mañana, y los mañanas después de mañana.

Yo no lo sé. Pero he estado buscando, sabiendo dónde buscar, sin querer encontrarte.

Paz mental y otras cosas

Soy psicólogo, más por vocación que por profesión. Me refiero a que mi existencia es una invitación a explicar cuanto ocurre desde el psiquismo y los chorromil objetos de estudios que a esta caprichosa rama de la ciencia, como yo, se le ha ocurrido inquirir.

Por lo anterior, a lo mejor estoy pecando de monotemático, sin embargo, lo entrañable en esto es la reflexión a la que he llegado tras aturdirme y tras contrastar mi experiencia con quienes comparto a diario. Porque sí, pese a toda ansiedad social, ahora comparto diariamente con personas, y no me va del todo mal.

Hablar de paz mental, entre colegas es una cuestión de desenfreno conceptual e ideológico de quienes se posicionan recalcitrantemente en polos que obvian el matiz que implica la integralidad humana; con esto me refiero a que no me parece del todo mal los términos como “patología”, así como este término constriñe a otros quienes piensan que patologizar a otros seres es un ejercicio soberbio; pero vamos, que no pasa nada por decir que un vaso con agua es un vaso con agua, y esto mismo sucede cuando existen situaciones perniciosas promovidas por el entramado psíquico de alguien en cuestión, porque por supuesto existen individuos cuya función elemental es la afectación de quienes le rodean.

Estoy hablando de paz mental porque surgió un deseo en mí de explicar mi reciente adaptación a circunstancias que debido a la casuística humana se me había negado, pero por primera vez en mucho tiempo la estabilidad frente a mi vida emocional y a mi ser en el mundo han congeniado, y por supuesto me están ocurriendo cosas bellas con la llegada del estado de gracia más bonito hasta ahora.

Lo hermoso de esta circunstancia en este preciso momento es la dotación de la capacidad de percibir cosas hermosas donde antes no lo veía, o donde por evidentes razones era incapaz de definir lo que era hermoso.

Narra el dicho que una mente ocupada es una mente feliz, pero una mente productiva es sublime y exhibe el ridículo de las pretensiones vacuas. La industriosidad, no en cuestiones objetivas capitalistas, sino en en términos fácticos de la naturaleza y el crecimiento humano es una qualia indispensable para los que pretenden la trascendencia.

Supongo que, alejado de toda terminología, la paz mental es algo parecido a un estado Zen, sin meditación, sino con un degenerado atisbo de voluntad y autodeterminación.

Más que feliz, me siento pletórico.

 

Indiferencia y silencio

Sobra decir que me complico siempre cuando de vincularse se trata. Tras varios meses, después de mi última ruptura, me enfrasqué en el ostracismo emocional más prolongado de mi vida hasta el momento, bajo la premisa de entenderme sensible ante cualquier estímulo, cuando de otras personas se trata. Nunca es temor, siempre es la fragilidad comprendida en toda su extensión.

No se trata de esconderse de otros, sino de evitarles a fin de que, dentro de mi caja de ultra cerrojos, ningún atisbo de reciprocidad falaz o algún otro disparo de emoción me destrocen al contacto, porque recoger los pedazos siempre es una tarea engorrosa, porque ofrecerse en entera sinceridad es normalmente una errata, al menos en mi caso así ha resultado.

Indiferencia y silencio, saldos que dan miedo, y el producto de una inversión de entregarle a alguien la posibilidad de vulnerarme con esas mismas armas; indiferencia y silencio… nunca estas hacen más daño que cuando provienen de alguien a quien se ha cubierto con todo el afecto que le corresponde, porque así lo dice el corazón y la mente.

Así lo dice mi corazón y mi mente al rastrear acucioso un abrazo dónde tímidamente nacen las cosas, al final eso de que uno nunca se toca porque los átomos se repelen termina por no tener sentido, porque no hay mejor manera de ignorar las leyes de la física que abrazandote.

Nunca he entendido muy bien eso del miedo a decir cosas, a mi parecer resulta más atemorizante convertir los palabras en afectos, y entrar con ello a un bucle de experiencias similares a una ruleta rusa. La emoción es siempre un estímulo con enorme potencial adictivo, por eso provocar sonrisas es un elemento tan natural de enamoramiento. Hablar es tan fácil, a veces, lo difícil es encontrar respuestas donde existe el miedo.

De latencia, naturalidad, y otras cosas

No soy un Gary Stu, claro está.

Tampoco soy del tipo que escriben décalogos ni esas cosas. (Yo) solo me derramo al escribir, procurando evitar el narcisismo de pleno, tarea que de por sí es bastante complicada. Preocupado sí por narrar lo que me ocurre en los adentros, ya sea porque me jode, porque me alegra, o porque me provoca ambas cosas como ahora.

Naturalmente me siento un ganador, pese a observar en muchas ocasiones los ambientes con determinados tonos grises; aunque la realidad es que me es vomitivo el excesivo optimismo, y me provoca grima total los desgarradores pesimistas.

Soy un tipo solitario, de pocos amigos, de escasos amores.

Recientemente uno de esos pocos amigos ha iniciado una relación, y me siento realmente feliz por el muy cabrón, pero los metaanálisis me son siempre indispensables, o mejor dicho ineludibles. Me he dado cuenta de lo vacía que ha estado la cama por tiempo, no me refiero al sexo, sino al abrazo amoroso del dormir y el despertar. Me ha hecho recordar las muchas cosas que extraño y ante las cuales me he portado indiferente.

En mi defensa diré que existen cosas hermosas cuya belleza radica en la propiedad de no poder ser descritas, supongo que por eso existen palabras intraducibles de un lenguaje a otro, supongo que por eso existen sentimientos como los que siento ahora, valga la redundancia. Y sí, aunque ella lo haya dicho, me siento lleno de posibilidades; esta no es una afirmación de quien se apropia el amor, porque el amor no deriva de cercar las posibilidades, sino de ampliarlas, no surge de la aplicación como propiedad privada del ser amado, surge en la naturalidad, tal como florece lo silvestre; ésta es una afirmación de quién en los adentros anhela al otro como respuesta a la pregunta ontológica de su ser.

*

Hablar de tiempo como medida es complicado, el ejercicio de caminar supone incluso que un pasó atrás se pertenece aparentemente en la abstracción de temporalidad, al pasado, y la planeación del siguiente paso en el ejercicio motriz, al futuro; y (yo) he dado dos pasos. Hablar de sentimientos, cuando se re-huyé de la elaboración semántica del contenido amoroso es sin duda algo digno de temeridad. Realmente me siento temerario al hablar de sentimientos en este preciso momento, porque sé que percibo una latencia, como nunca antes, en mi propia aceptación del contenido de lo que siento. Supongo que este es un asunto de mera correspondencia en el polo más negativo posible. O quizás no. Respecto al tiempo, ahora todo me resulta más lento, denso, y por ende incomprensible.

El problema de los “quizás” es irónicamente que existan, es decir, una suerte de conjugación inconclusa, un temor inenarrable por los tiempos presentes, un miedo superficial por crear pasados y un anhelo circunstancial por reconocer futuros. Al final pecamos de atemporales, más que de cualquier otra cosa.

No me gustan las latencias, soy confrontativo, curioso, de espíritu indagatorio; esto supone el anhelo de soluciones inmediatas, una necesidad de la homeóstasis primordial. Almacenar cosas se me da mal, objetos, emociones, palabras…

Por otro lado, el problema de los “sí” es que son un salto al vacío, a la experiencia, a la renuncia de los frenos frente a los deseos íntimos y vívidos. Y aunque no le tengo miedo al sufrimiento, dudo que sea una empresa envidiable.

¿De que voy? si los saltos al vacío son tan dolorosos como necesarios.

Déficit de métrica y serotonina

Hoy me he sentido triste por un instante. Se han alineado dos circunstancias predictoras de mis momentos tristes, de mis momentos más desoladoramente invasivos: una tarde lluviosa y un viernes.

De las circunstancias todos merecemos un tajo de responsabilidad. Una repartición no equitativa, pero si justa cuando de las culpas dejadas en la periferia de la vida se trata.

Me he entristecido; lo he hecho al darme cuenta que las cartas estaban puestas sobre la mesa para que te fueras, y aun sabiéndolo no supe anticipar la tristeza que eso conllevaría.

Al final, ese instante se ha alargado hasta la noche y así me encuentro triste e invadido por la soledad.