Paz mental y otras cosas

Soy psicólogo, más por vocación que por profesión. Me refiero a que mi existencia es una invitación a explicar cuanto ocurre desde el psiquismo y los chorromil objetos de estudios que a esta caprichosa rama de la ciencia, como yo, se le ha ocurrido inquirir.

Por lo anterior, a lo mejor estoy pecando de monotemático, sin embargo, lo entrañable en esto es la reflexión a la que he llegado tras aturdirme y tras contrastar mi experiencia con quienes comparto a diario. Porque sí, pese a toda ansiedad social, ahora comparto diariamente con personas, y no me va del todo mal.

Hablar de paz mental, entre colegas es una cuestión de desenfreno conceptual e ideológico de quienes se posicionan recalcitrantemente en polos que obvian el matiz que implica la integralidad humana; con esto me refiero a que no me parece del todo mal los términos como “patología”, así como este término constriñe a otros quienes piensan que patologizar a otros seres es un ejercicio soberbio; pero vamos, que no pasa nada por decir que un vaso con agua es un vaso con agua, y esto mismo sucede cuando existen situaciones perniciosas promovidas por el entramado psíquico de alguien en cuestión, porque por supuesto existen individuos cuya función elemental es la afectación de quienes le rodean.

Estoy hablando de paz mental porque surgió un deseo en mí de explicar mi reciente adaptación a circunstancias que debido a la casuística humana se me había negado, pero por primera vez en mucho tiempo la estabilidad frente a mi vida emocional y a mi ser en el mundo han congeniado, y por supuesto me están ocurriendo cosas bellas con la llegada del estado de gracia más bonito hasta ahora.

Lo hermoso de esta circunstancia en este preciso momento es la dotación de la capacidad de percibir cosas hermosas donde antes no lo veía, o donde por evidentes razones era incapaz de definir lo que era hermoso.

Narra el dicho que una mente ocupada es una mente feliz, pero una mente productiva es sublime y exhibe el ridículo de las pretensiones vacuas. La industriosidad, no en cuestiones objetivas capitalistas, sino en en términos fácticos de la naturaleza y el crecimiento humano es una qualia indispensable para los que pretenden la trascendencia.

Supongo que, alejado de toda terminología, la paz mental es algo parecido a un estado Zen, sin meditación, sino con un degenerado atisbo de voluntad y autodeterminación.

Más que feliz, me siento pletórico.

 

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Indiferencia y silencio

Sobra decir que me complico siempre cuando de vincularse se trata. Tras varios meses, después de mi última ruptura, me enfrasqué en el ostracismo emocional más prolongado de mi vida hasta el momento, bajo la premisa de entenderme sensible ante cualquier estímulo, cuando de otras personas se trata. Nunca es temor, siempre es la fragilidad comprendida en toda su extensión.

No se trata de esconderse de otros, sino de evitarles a fin de que, dentro de mi caja de ultra cerrojos, ningún atisbo de reciprocidad falaz o algún otro disparo de emoción me destrocen al contacto, porque recoger los pedazos siempre es una tarea engorrosa, porque ofrecerse en entera sinceridad es normalmente una errata, al menos en mi caso así ha resultado.

Indiferencia y silencio, saldos que dan miedo, y el producto de una inversión de entregarle a alguien la posibilidad de vulnerarme con esas mismas armas; indiferencia y silencio… nunca estas hacen más daño que cuando provienen de alguien a quien se ha cubierto con todo el afecto que le corresponde, porque así lo dice el corazón y la mente.

Así lo dice mi corazón y mi mente al rastrear acucioso un abrazo dónde tímidamente nacen las cosas, al final eso de que uno nunca se toca porque los átomos se repelen termina por no tener sentido, porque no hay mejor manera de ignorar las leyes de la física que abrazandote.

Nunca he entendido muy bien eso del miedo a decir cosas, a mi parecer resulta más atemorizante convertir los palabras en afectos, y entrar con ello a un bucle de experiencias similares a una ruleta rusa. La emoción es siempre un estímulo con enorme potencial adictivo, por eso provocar sonrisas es un elemento tan natural de enamoramiento. Hablar es tan fácil, a veces, lo difícil es encontrar respuestas donde existe el miedo.

De latencia, naturalidad, y otras cosas

No soy un Gary Stu, claro está.

Tampoco soy del tipo que escriben décalogos ni esas cosas. (Yo) solo me derramo al escribir, procurando evitar el narcisismo de pleno, tarea que de por sí es bastante complicada. Preocupado sí por narrar lo que me ocurre en los adentros, ya sea porque me jode, porque me alegra, o porque me provoca ambas cosas como ahora.

Naturalmente me siento un ganador, pese a observar en muchas ocasiones los ambientes con determinados tonos grises; aunque la realidad es que me es vomitivo el excesivo optimismo, y me provoca grima total los desgarradores pesimistas.

Soy un tipo solitario, de pocos amigos, de escasos amores.

Recientemente uno de esos pocos amigos ha iniciado una relación, y me siento realmente feliz por el muy cabrón, pero los metaanálisis me son siempre indispensables, o mejor dicho ineludibles. Me he dado cuenta de lo vacía que ha estado la cama por tiempo, no me refiero al sexo, sino al abrazo amoroso del dormir y el despertar. Me ha hecho recordar las muchas cosas que extraño y ante las cuales me he portado indiferente.

En mi defensa diré que existen cosas hermosas cuya belleza radica en la propiedad de no poder ser descritas, supongo que por eso existen palabras intraducibles de un lenguaje a otro, supongo que por eso existen sentimientos como los que siento ahora, valga la redundancia. Y sí, aunque ella lo haya dicho, me siento lleno de posibilidades; esta no es una afirmación de quien se apropia el amor, porque el amor no deriva de cercar las posibilidades, sino de ampliarlas, no surge de la aplicación como propiedad privada del ser amado, surge en la naturalidad, tal como florece lo silvestre; ésta es una afirmación de quién en los adentros anhela al otro como respuesta a la pregunta ontológica de su ser.

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Hablar de tiempo como medida es complicado, el ejercicio de caminar supone incluso que un pasó atrás se pertenece aparentemente en la abstracción de temporalidad, al pasado, y la planeación del siguiente paso en el ejercicio motriz, al futuro; y (yo) he dado dos pasos. Hablar de sentimientos, cuando se re-huyé de la elaboración semántica del contenido amoroso es sin duda algo digno de temeridad. Realmente me siento temerario al hablar de sentimientos en este preciso momento, porque sé que percibo una latencia, como nunca antes, en mi propia aceptación del contenido de lo que siento. Supongo que este es un asunto de mera correspondencia en el polo más negativo posible. O quizás no. Respecto al tiempo, ahora todo me resulta más lento, denso, y por ende incomprensible.

El problema de los “quizás” es irónicamente que existan, es decir, una suerte de conjugación inconclusa, un temor inenarrable por los tiempos presentes, un miedo superficial por crear pasados y un anhelo circunstancial por reconocer futuros. Al final pecamos de atemporales, más que de cualquier otra cosa.

No me gustan las latencias, soy confrontativo, curioso, de espíritu indagatorio; esto supone el anhelo de soluciones inmediatas, una necesidad de la homeóstasis primordial. Almacenar cosas se me da mal, objetos, emociones, palabras…

Por otro lado, el problema de los “sí” es que son un salto al vacío, a la experiencia, a la renuncia de los frenos frente a los deseos íntimos y vívidos. Y aunque no le tengo miedo al sufrimiento, dudo que sea una empresa envidiable.

¿De que voy? si los saltos al vacío son tan dolorosos como necesarios.

Déficit de métrica y serotonina

Hoy me he sentido triste por un instante. Se han alineado dos circunstancias predictoras de mis momentos tristes, de mis momentos más desoladoramente invasivos: una tarde lluviosa y un viernes.

De las circunstancias todos merecemos un tajo de responsabilidad. Una repartición no equitativa, pero si justa cuando de las culpas dejadas en la periferia de la vida se trata.

Me he entristecido; lo he hecho al darme cuenta que las cartas estaban puestas sobre la mesa para que te fueras, y aun sabiéndolo no supe anticipar la tristeza que eso conllevaría.

Al final, ese instante se ha alargado hasta la noche y así me encuentro triste e invadido por la soledad.

Science of deduction

Sí, el título es un guiño a Sherlock. Va de lo siguiente:

Tengo un problema, suelo aburrirme rápido de todo, quizás sea una especie de mal crónico, no por un potencial problema atencional, sino por otra cosa que no sé describir exactamente aún; por ello he desarrollado un juego, uno en el que sólo yo participo, en el que sólo yo me retribuyo la ganancia del éxito. Este juego se ha convertido en una costumbre cuando viajo por la ciudad en el transporte público, consiste en tratar de adivinar las actividades a realizar por otros como respuesta a lo que observo en ellos, y determinar la estación de destino de cada uno. Aunque adivinar suena a un proceso demasiado arbitrario en el ejercicio que realmente trazo para las conjeturas que realizo; sería más bien una suerte de método hipotético deductivo en el que a través de la observación planteo una serie de condicionantes que como consecuencia ulterior me ofrecerá la información que necesito (o no, porque esta lúdica responde al capricho).

Es así que:

“La chica posiblemente entre los 24 a los 26 años de edad, con escasos signos de agotamiento a las 4:16 de la tarde, posiblemente porque no realiza una jornada laboral, y probablemente viva con sus padres, con quién más viviría alguien quien no es laboralmente activo(?), Continúo, es la hermana menor, quizás de dos, esto es evidente en la talla de la ropa discordante… Unas prendas más grandes que otras, unas más pequeñas que otra ergo, esto en una posible rivalidad materna, normal cuando se tienen hermanas menores, que toman tus prendas favoritas sin permiso previo; de posición económica relativamente estable, lo indica el celular quizás de gama media-alta que sostiene en sus manos para escuchar una nota de voz. Su vestuario indica mimo y cuidado, y el horario en el que viaja en el transporte dice que no asiste a clases regularmente, pero su cartera es de estudiante, es viernes lo que sugiere de que irá cerca de algún lugar donde se venden bebidas alcohólicas, por posición geográfica y por perfil es posible que su estación destino sea… Bingo, El Carmen, no arbitrariamente, la Universidad de San Carlos es la más cercana”.

Ocurre así durante cada viaje, y me jacto de deducir con exactitud una gran variedad de situaciones. El único problema de este pequeño juego, es que al estar absorto en elucubrar ideas, entre lecturas de lenguaje corporal, micro conductas, exámenes del estado de ánimo, y otras características de utilidad para poder finalmente realizar conclusiones correctas, es que en ocasiones al estar atento a todo lo demás, paso por alto la estación en la que he de bajarme, dando una hermosa vuelta de más por el queridísimo Centro Histórico.

Nunca está de más cansarse un poco, aunque he decir que me intrigan más aquellas circunstancias que no logro anticipar.

Hormiga
La curiosidad de observar una hormiga a través de la lupa, también puede quemarla. 

Arquitectura de la realidad

Parecerá paradójico pero esto surgió inicialmente de mi negativa por ver la nueva serie de Luismi. Aunque últimamente es constante en mí un estado de ánimo muy de bolero reciclado; no me malinterpreten, me gustan los boleros reciclados.

De entrada menciono mis motivaciones para escribir esto, puesto que la forma de la realidad se encuentra supeditada a dos elementos básicos, uno de ellos es la realidad misma, concreta, objetivamente captada, aquella compuesta por los elementos que a su vez se componen por moléculas que a su vez se componen por átomos. El otro elemento, es la subjetividad, y esta un tanto más caprichosa que la primera -y su física y la mecánica, y bla bla-, está influida por la percepción; esto es suministrar a nuestros cerebros con información a través de los órganos sensoriales, no sin antes abordarlo con el metódico sesgo personal de a quién pertenecen dichos órganos sensoriales.

Ahora bien, entraré nuevamente en el terreno del bolero, y es en esta sección donde las significaciones son sumamente importantes. Quiero decir, la composición de una luciérnaga y el mecanismo bioluminiscente bajo su abdomen es un dato objetivo, anodino para quién lo observa desde la insustancialidad; por otro lado, una percepción menos objetiva o más romántica puede encontrar detalles que el simple y llano observar desconocen; emocionarse fuera de los parámetros de la insuficiencia y la emoción resulta un tanto irrelevante cuando se observa más allá de los fenómenos físicos. Apreciar es acojonante, y quedar absorto por momentos de enorme belleza lo es aún más. Aún recuerdo esa laguna, cuando era menor, repleta de estos maravillosos insectos, y ranas croando; recuerdo las noches en el regazo de mi madre a oscuras mientras sonaba Manzanero, Sinatra y un sinfín, claro está, de boleros, acariciando mi cabello, o los trillados cuentos de los hermanos Grimm para antes de dormir.

Es así que se disfruta de instantes donde la futildad mecánica no es del todo admirable sino los procesos emocionales que este conlleva, por ello disfrutar de la compañía de animales, de un buen blues, de una comida, una buena mesa y una buena charla, van más allá de solo ser: un perro y un gato, el movimiento físico de ejecutar una pieza musical, el proceso de preparar uno platillo, y mecanizar la boca y los labios para hablar.

He estado recorriendo caminos que hace un tiempo no recorría, y he reconocido, efectivamente, que emocionarse es la clave de las cosas; incluso cuando el resultado final de las pericias no sea el esperado, puesto que a los pensamientos rosas y melancólicos no les falta ese exceso de optimismo. Realmente creo que debería existir un punto de inflexión entre las expectativas realistas y este tipo de quimeras. Aunque cuando de pensamientos rosas se trata nunca está de más alguien con quien tararear canciones viejitas, comer pizza, y con quién la cerveza sepa mejor. Aunque quizás, como me diría alguien desde un sitio lejano: “estás divagando demasiado, eh” y la verdad es que quimeras y todo, son deseables para quienes diseñamos una realidad que permita emocionarse siempre por cada tipo de detalle. Total, que acariciar el cogote de Chopi durante una de estas tardes nubladas y tomarme un café me ha dado de que pensar.

Luego me he dado cuenta que al final todo está hecho de átomos y esta tesis romántica no ha salido del todo bien, pero la emoción para nada que se ha perdido.